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  • Flia. Bordoy

Nair Berrocal (mayo / 2009)

Mis Raices

Bordoy

Mi abuelo Miguel Bordoy Adrover: SU historia, MI historia

La historia de mi abuelo quedó enraizada en mí desde muy pequeña,desde que tengo memoria. Me la contó hasta el día en que murió siendo yo ya madre de dos pequeños.

Una y otra vez le pedía que me la contase. Ésto originaba una situación constante: cada vez que me la contaba, yo lloraba. Él, una y otra vez me hacía prometer que no lloraría si quería nuevamente la historia, yo prometía, pero… una y otra vez rompía mi promesa. Esa historia me deleitaba, pero al mismo tiempo me causaba una muy profunda tristeza porque percibía en él “la añoranza por su tierra”.

Nació un 5 de enero de 1904, en Felanitx, Mallorca, Islas Baleares, España. Fue bautizado el 7 de enero, siendo el registro No 68 y el segundo bautizado ese año.

Sus padres fueron Juan Bordoy y Maimó y María Adrover y Obrador, oriundos de Cas Concos, un pueblito cercano a Felanitx.

Era el más pequeño de los hermanos, habiendo muchos años de diferencia con ellos. Tal es así que cuando él nació, en vísperas de Reyes, y siendo sus padres muy humildes, lo pusieron en un cajoncito de madera similar a los usados para la fruta, dejándolo como “regalo de Reyes” para sus hermanos mayores, ya algunos adolescentes.

Me contaba que su madre pertenecía a una familia adinerada de la Isla y que cuando se casó con Juan Bordoy y Maimó siendo éste muy humilde y dedicándose a llevar mercancías de una isla a otra (entre ellas tabaco, mercancía ésta que parece que no era bien vista en las islas en ese momento), su familia la desheredó y la expulsó de la casa.

Mi abuelo recordaba que de tanto en tanto llegaba a su casa una mujer “muy bien vestida, en un carruaje con chofer”, entonces su madre y él subían al mismo e iban a pasear. ”Esa señora” bien vestida le regalaba golosinas.

Deducía él que podía ser su abuela materna.

Como era pequeño, su “ocupación familiar” era ir a buscar agua  a la Fuente “Santa Margalida” (que quedaba aproximadamente 150 metros de su casa), mientras su madre preparaba el desayuno.

Ésta informacion me permitió llegar hace unos años, en el 1995, hasta la que fue su casa. Llegué, entré, la recorrí (le habían hecho modificaciones excepto en el jardín). Fue éste uno de los momentos más “fuertes” de los tantos vividos por mí en La Isla.

Y llegó el momento de la partida hacia la Argentina, el momento de dejar la Isla… ¡para siempre!, pues mi abuelo nunca retornó a su patria. Murió deseando ver a su querida Mallorca nuevamente.

Toda la familia partió desde el puerto de Palma de Mallorca primero (recordando él la tremenda visión de la majestuosa “La Seu”, como llaman los nativos a la Catedral). De allí al puerto de Barcelona y luego hacia Argentina, describiéndome con extrema claridad el estrecho de Gibraltar.

Estando ya en el puerto de Barcelona prontos a embarcar, una familia adinerada que tenían una niña de su misma edad, 6 años, y que viajaban en los camarotes mejor ubicados del barco, los que daban a cubierta, le pidió a los padres de mi abuelo que permitiesen al niño viajar con ellos así disfrutaba del sol y aire marino, prometiéndoles que todos los días que durase la travesía le llevarían al niño para que lo viesen. Mis bisabuelos, al ser tan humildes, viajaron en los camarotes mas profundos del barco. ”Eran oscuros y fríos”, recordaba mi abuelo.

Fue así como los “treinta y pico” de días que duró el viaje, mi abuelo los pasó con esa familia. Nunca supo quiénes eran, nunca los volvió a ver en su vida.

Una vez llegados a la Argentina, la familia vivió en distintos lugares de la zona de Pehuajó: alquilaron un campo yendo a Curarú, lo que hoy es “El Tostado”; luego alquilaron “La Fortuna” en Carlos Casares hasta que Juan D. Perón, presidente de la Nación en ese momento, decidió hacer parcelas de los grandes latifundios. Una de esas parcelas fue comprada por mi abuelo, creo que a un precio muy accesible.

En esta parte de la historia mi abuelo ya estaba casado, con Francisca “Paquita” Jaume, y tenía sus dos hijos, María y Juan Bordoy.

El campo fue llamado “La Negra”, por mi madre, durante muchos años y cuando él muere decidimos, mis padres, Ezequiel y yo, ponerle el nombre “Don Miguel” que es el nombre que hoy en día tiene.

Dije al comienzo de esta historia que la misma me fue contada una y otra y otra vez, pero siempre mi abuelo omitía una parte o agregaba otra. Nunca fue relatada exactamente usando las mismas palabras.

Hoy me reconforta que así ocurriese porque al menos que la memoria fuese una placa radiográfica, nunca se podría contar “exactamente”, pues ello significaría que el narrador miente, esto sería algo así como: al mentir, uno se cree esa mentira produciendo una repetición exacta.