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  • Flia. González Polo

Por Roberto González Polo
DNI 10.306.651 (junio / 2009)

Una Historia Como Tantas Otras

Nací en Mones Cazon, más precisamente en la casa de Roberto Polo,Don Roberto”, mi abuelo materno y en manos de “Doña Florentina”. Mis cuatro abuelos fueron de Mones Cazon, aunque ninguno oriundo de allí, en primer lugar por ser preexistentes a la fundación del pueblo y dos de ellos –los paternos- además, por ser europeos. Mi abuelo paterno fue Belisario González, nacido en Cereceda de la Sierra, provincia de Salamanca, una pequeña aldea que en su apogeo nunca fue habitada por más de 250 habitantes y que actualmente es habitada por apenas 100 almas. Él, junto a su único hermano varón (Eulogio González) arribó al país hacia 1906 con 20 años, ya que había nacido en 1885. Descendieron del tren en Fco. Madero, según tengo entendido, con lo puesto, una valija de cartón y un cuchillito “verijero” y así empezaron a trabajar en la zona en algún tambo.

Cargaban con una experiencia de trabajo y de vida muy dura y nada de aquí les resultaría extraño ni los detendría por duro que fuera, si a cambio tenían que dar esfuerzo y voluntad. Justamente eso les sobraba y no era privativo de algunos, sino que era algo común a todos aquellos inmigrantes de cualquier procedencia que fuera. Estas tierras tenían todo y sólo había que doblar el “lomo”, porque de eso ellos sí sabían porque los ásperos suelos de Salamanca, como de otras regiones de Europa, no eran generosos y nunca podían compararse con estas tierras; quienes conocen la aridez de la península ibérica, dicen entender lo que sintieron nuestros abuelos al pisar este suelo.

Es así que, trabajando como chacareros en diferentes campos ubicados entre lo que hoy son los pueblos de Mones Cazon y Salazar, y a fuerza de sembrar maíz, criar chanchos y entregar los campos “alfalfados”, finalmente lograron hacerse de un pedazo de tierra propio al cual trabajar y como resultado de lo cual los hermanos se independizaron y comenzaron a trabajar su propio campo, más tarde se separaron, instalándose mi abuelo con un campo al suroeste de Girodías y cercano a Andant, y que dejó en manos de sus hijos. Belisario nunca se fue de Mones Cazon; ese es el sitio en donde vivió hasta el día de su muerte, acaecida en 1965, a los 80 años. Él y María Banchetti, mi abuela, criaron diez hijos, una mujer y nueve varones.

Ángel, el tercero de ellos, fue mi padre, y falleció en 2006 a los 85 años en Santa Rosa, La Pampa, lugar en donde vivió sus últimos 15 años. Había nacido en Henderson, en 1921 a poco tiempo de regresar los abuelos de una larga temporada en España (solía decir que era casi español), pero en su espíritu y en sus recuerdos siempre estaba presente La Quinta que era donde pasó su infancia y juventud y vivió hasta casi los 25 o 30 años, en las afueras de MC. Allí, en ese pedacito de suelo están dispersas sus cenizas, con la autorización de los actuales propietarios. Mi abuela María, había llegado con pocos años de vida en 1902, proveniente de Ancona, sobre el mar Adriático, Italia, en la provincia de Marchese. Su familia también vino a trabajar duro, en busca de un futuro –y de un presente- mejor, y fueron justamente “chacareros” y es así como se conocieron.

Por parte de mis abuelos maternos, el abuelo Roberto Félix Polo, provenía de una familia numerosa de 12 hermanos y había nacido en la zona de campo de Bolívar o Daireaux, hacia 1895 y mi abuela Ángela Cozzarín, en la zona de campo cercana a Magdala o Nueva Plata, ambas familias eran descendientes de las inmigraciones italianas de fines del siglo XIX, es decir, los más tempranos inmigrantes italianos. Eran ambos muy conocidos en MC, tuvieron 8 hijos: Cholo (Héctor), Rubén, Tesa (Hortensia) y Hugo ya fallecidos y Olga que vive en San Vicente B.A., Negra (Nilda), en La PampaMario y Lilia únicos que siempre vivieron en Mones Cazon.

A ambos abuelos los conocí y de ambos tengo muchos recuerdos; aunque son más los que dejó en mi memoria el abuelo Roberto, al que siempre recuerdo como “Don Polo o Don Roberto”, tal vez porqué el iba mucho a Salazar, donde vivíamos y todos así lo llamaban. Tenía un Chevrolet 51 “de alquiler” y eso lo llevaba a recorrer los pueblos vecinos, las estancias y a veces, en un viaje extraordinario llegaba a Pehuajó, 9 de Julio, Trenque Lauquen, Bolívar, Olavarría…toda una aventura para la época si pensamos en aquellos caminos de tierra. Muchas veces me colaba con él para acompañarlo y a la vuelta, ya sólos, el abuelo sacaba el rifle Centauro del 12, que siempre tenía “quebrado” abajo del asiento, cazábamos unas perdices, que iban al escabeche porque no había que matar “por que sí”. Siempre me pregunté ¿donde estará esa modesta arma que yo tanto deseaba?; solía decir el abuelo: Este rifle será para vos cuando yo no lo use más -no me decía cuando yo muera o no esté más- y yo adoraba ese rifle. Y ¿cómo olvidarme de su “taller mecánico”, que también era garage?, fue un hermoso sitio en donde pasábamos largas horas en la infancia tratando de manipular herramientas, algo que sin dudas marcó a sus nietos; personalmente mantengo ese afecto a desarmar y armar, en especial si de “fierros” se trata.

Al otro abuelo, Belisario, lo recuerdo más lejano aunque cariñoso con sus nietos, tal vez por estar él enfermo desde que yo recuerdo, hecho que me lo hacía ver así. Según le escuché decir a mi padre, su viejo era áspero pero de un corazón enorme, afectuoso, honesto, muy justo y de una rectitud inquebrantable. Además me contó -lo que a su vez también le contaron- que el abuelo trabajó las calles de los pueblos recién fundados de MC y Salazar, con alguna herramienta tirada con caballos.

A las abuelas las conocí más. Ángela era cariñosa pero de genio bravo; a la siesta había que dormir sí o sí y para controlar eso se aseguraba de llevar una caña al lado de la cama con la cual nos recordaba que había que respetar. Recuerdo de ella, que siempre estaba dispuesta a salir de viaje entonces arrancaba con cualquiera de los hijos o yernos en cuanta ocasión se presente. María era la abuela que todos quisieran tener si volvieran a la infancia: era tranquila, silenciosa, cariñosa, trabajadora; criaba pollos, tenía huerta y cocinaba de una manera que hasta hoy recuerdo los olores; nunca la abandonó ese acento gringo, apenas perceptible y vivió sus últimos años con poca visión debido a su diabetes y pudo conocer y disfrutar de algún bisnieto por lo que recuerdo, hasta que falleció en 1985 con alrededor de 89 años.

Con siete tíos y tías por un lado y nueve por otro, más sus familias, amistades y vecinos ¿cómo no tener recuerdos de Mones Cazon?, ¿cómo evitar la disputa MC vs Salazar, cuando uno se sentía “tironeado” por vivir casi en los dos pueblos?. Recuerdo espacialmente que gracias a que estábamos en ligas de futbol distintas, “la sangre nunca llegó al río” porque parece que todo lo que implicaba competencia era manejable, por aquellos años, menos el tema del futbol. Y un capítulo especial tengo que dedicar a mis tíos: estaban los “fierreros” Cholo, Mario y Hugo Polo; con ellos uno accedía a motores, mecanismos de trilladoras, motos de carrera (recuerdo la Tehuelche y el turismo de carretera de Hugo), la catramina de Mario que vi en fotos, las diversas máquinas de Cholo y algunos viajes en camión con Rubén. Por el lado paterno, tío Luis al que recuerdo tranquilo y buenazo muy compañero de mi padre, siempre enseñándonos algo y especialmente de trabajo con herramientas agrícolas, tractores; de Luis recuerdo su destreza con los caballos, algo que a la vuelta de la vida puedo darme cuenta de cómo me influyó porque aunque nunca me lo propuse siempre me gustaron y me las rebusqué con ellos. Hugo, “el maestro” de quien tengo muchos recuerdos y Julio, mi padrino, “el guitarrero”, prolijo con la letra y los números y una persona muy cariñosa; ambos devenidos a profesores cuando hubo que “fundar un secundario” en Salazar en los años 60´, por supuesto con ayuda de mucha gente más. Pedro y José “los camioneros de Pehuajó”, solían andar de paso cargando hacienda, provenientes de la entonces ATHAPE (o algo así). Cesáreo, el tío “que estaba lejos” ya que vivía en Buenos Aires igual que Juan, uno de los menores, que era abogado en La Plata. Julia y Miguel, que residían en El Pincén y Girodías respectivamente y eran los lugares que mas me atraían con 8 o 9 años, especialmente en lo de Julia y Pepe (Vicente Rodríguez).

Veo ahora, con los años transcurridos, cómo podía uno formarse en las cosas de la vida y no puedo evitar la comparación con estos tiempos en los que la imagen de los “mayores” no tiene las mismas posibilidades de contener o amparar a los jóvenes haciendo que éstos deban afrontar más incertidumbres de las necesarias ante la vertiginosa “película que pasa por delante de todos”. Dicen que todo tiempo pasado fue mejor y yo creo que hay mucho de cierto; no se bien porqué lo sostengo, pero seguramente porque antes era lindo buscar, investigar y ver el ejemplo que estaba allí nomás en los mayores, en sus oficios y actividades, en los maestros, en la lectura y en los relatos: díganme ustedes, ¿cuánto de eso ocurre hoy?; con razón me dirán que “depende de cada familia” y sí, es cierto, pero la evolución que trajo la “tecnología de la imagen y las comunicaciones” con todas las ventajas que representa, nos hizo perder mucho de aquello por lo que tengo que reconocer que cuando era joven y escuchaba a los mayores añorar otros tiempos…evidentemente algo de razón tenían.

En fin, la historia de Mones Cazon como la de todos los pueblos de la llanura que se sumen desde 1880 en adelante –para qué mencionar la riquísima historia de los verdaderos pueblos criollos, como son Cuyo, Córdoba, Salta, Tucumán, Santiago etc. con 400 años encima- han hecho este país que tenemos y que hoy pese a esfuerzos, lágrimas y muchas vidas, aun no hemos podido consolidar. Creo que tal vez sería bueno que creáramos el “partido de los inmigrantes”, nos dejáramos de joder y aprovechando las riquezas naturales que tenemos y la tecnología disponible –que para nada nos es ajena- ganemos por fin una elección que sirva para toda la vida. ESE ES MI MAYOR DESEO. Un abrazo a todos los monescazonenses.